En el video anterior expliqué, de manera general, las bases del pensamiento de Freud. Vimos cómo se construye la idea del inconsciente, mediante una peculiar mezcla entre Schopenhauer y el positivismo; vimos cómo Freud invierte el problema fundamental de Descartes y problematiza su frase más célebre; vimos que, para Freud, detrás del “yo” que piensa hay un “eso” que lo manipula desde las sombras y vimos como ese “eso” se comunica, o intenta comunicarse, mediante síntomas, errores, pensamientos, sueños, obsesiones, etc.
Sin embargo, aún nos queda mucho por ver del pensamiento de Freud y, lamentablemente, todo lo que no hemos visto es lo más incómodo de ver. El pensamiento de Freud es como una película de terror, tienes mucho miedo y quieres dejar de verla, pero es lo suficientemente interesante como para que decidas verla hasta al final. El problema surge cuando Freud se pone específico, cuando empieza a hablar sobre que es lo que está reprimido y por qué.
Esto porque, para Freud, lo que nos estructura como sujetos, lo que nos hace humanos, es el deseo, pero no cualquier deseo, el deseo sexual, pero no cualquier deseo sexual, el deseo sexual infantil. Aquí es importantísimo aclarar que Freud, descompone la sexualidad a su ingrediente más básico y fundamental: el placer. Entonces, cuando se habla de deseo sexual infantil, a lo que se está refiriendo es a la búsqueda de placer: tomar teta, mear y cagar.
Hablar de sexo y niños o niñas, como es de esperar, es complejo. Para entender el punto de Freud hay que tener en cuenta la distinción que yo mencione. El problema es que, por lo general, las personas se desconectan y se horrorizan antes de llegar a esa distinción; como me paso a mí cuando escuche por primera vez esta parte del pensamiento de Freud, sin embargo, 3 años después, aquí estoy.
Freud sabe que esto es incómodo de pensar y de presentar al público, pero no le da mucha importancia y sigue adelante; si hay algo que admirar de este personaje es su determinación. Freud postula que hay distintas etapas del desarrollo psicosexual, todas ligadas a una zona erógena: oral, anal y genital.
A su vez, Freud postula otra aberración: el complejo de Edipo; la idea de que los niños desean al padre del sexo opuesto y odian al padre del mismo sexo. Con esta teoría, Freud encuentra la forma más perturbadora de decir algo bastante simple: nos convertimos en sujetos sociales cuando internalizamos las normas y renunciamos a nuestros deseos imposibles; Freud es, como muchos pensadores de su época, un “contratista social”, específicamente, de la corriente Hobbesiana.
Aquí Freud se encuentra con Marx y Nietzsche, los otros dos "maestros de la sospecha" como los llama Ricœur. Los tres comparten algo fundamental: la convicción de que lo que vemos en la superficie no es la verdad completa, que hay fuerzas operando detrás que determinan nuestra vida sin que nos demos cuenta. Para Marx, es la economía; para Nietzsche, la moral; para Freud, el deseo reprimido. Los tres nos dicen: desconfía de ti mismo, desconfía de lo que crees que sabes, desconfía de tus propias motivaciones. Pregúntate siempre: ¿qué hay detrás?
Y esa pregunta, esa sospecha radical, es un arma, cada cual sabe desde dónde la toma y a quién la bala le descarga. Freud puede usarse para cuestionar las estructuras de poder, para visibilizar cómo la sociedad nos moldea mediante la represión, para entender el sufrimiento psíquico como producto de conflictos sociales. Pero también puede usarse para patologizar la disidencia, para decir que quien se rebela contra el orden establecido simplemente "no resolvió su Edipo". Freud abre puertas; depende de nosotros hacia dónde caminamos.
Dicho esto, así como en el video anterior, en este video pretendo explorar, de manera general, esta parte del pensamiento de Freud y explicarla con un buen nivel de detalle, de manera que las ideas y los conceptos clave “queden operativos”. Es decir, que Freud haga sentido y sea fácil leer sus obras o leer las obras de autores que fueron inspirados por él.
Ahora sí, empecemos por la sexualidad infantil.
Sexualidad Infantil
Para Freud, el deseo es el principio fundamental de nuestra existencia; otra influencia clara de Schopenhauer. Freud distingue el deseo de la necesidad, pero postula que, al principio de la vida, estos dos fenómenos están completamente fusionados.
Deseamos el pecho de nuestra madre porque necesitamos comer. Sin embargo, hay un momento de nuestras vidas, cuando aún somos bebés, en el que “nos damos cuenta” de que el pecho de nuestra madre nos da algo más que alimento, nos da seguridad, nos da tranquilidad y, más importante, nos da placer; satisface nuestro deseo sexual, hay que recordar la distinción entre sexualidad como la usamos nosotros y sexualidad como la usa Freud.
Aquí surge el problema, la necesidad y el deseo se divorcian. El niño quiere el pecho de su madre para saciar su hambre, pero una vez saciada su hambre quiere seguir en el pecho porque el deseo supera a la necesidad. No obstante, la madre no puede estar todo el día con el bebe mamando de su pecho, así que lo retira sin que este haya satisfecho su deseo por completo. Esta es la vida sexual de un bebe, la búsqueda de placer en el pecho de su madre.
Esto, además de ser terriblemente incómodo de pensar y presentar frente a una cámara, es una visión bastante revolucionaria. Freud no cree que la vida sexual de una persona comienza después de la pubertad, sino que esta es parte integral de nuestras vidas desde el comienzo. Aquí me gustaría agregar una pequeña reflexión personal sobre el tema. Ya que, si bien pensar en sexualidad y niños es terriblemente incómodo, también es terriblemente importante.
La noción de que los niños son pequeños angelitos que aún no han sido corrompidos por la suciedad del sexo, es, por lo bajo, problemática. Como sociedad, lamentablemente, una y otra vez somos testigos de como algo tan simple como la educación sexual se convierte en un gran problema, porque la sexualidad es considerada un tabú y algo reservado para los adultos. Cuantos niños han sido abusados porque nunca se les enseñó que nadie puede tocar ciertas partes de su cuerpo o que ellos no deberían tocar nunca ciertas partes del cuerpo de otras personas. A su vez, un fenómeno que mucha gente no le presta atención es el abuso sexual entre niños. Y todo esto pasa porque la sexualidad es un tabú y los niños son considerados angelitos que aún no han sido manchados por el sexo y que, por tanto, debemos protegerlos de esta oscuridad ocultándoles esta dimensión de su vida.
Ahora sí, volviendo al tema, para Freud el divorcio entre necesidad y deseo es muy importante. A su vez, la manera en la que los adultos en la vida del bebe manejan este divorcio es también muy importante. Los niños experimentan con su cuerpo, buscan placer y tienen curiosidad. Y la forma en que los adultos respondemos a esas manifestaciones, la forma en que regulamos, prohibimos o permitimos esas experiencias, dejan marcas profundas en su psique.
Con esto en mente, Freud propone los bebés pasan por tres etapas, de lo que él llama desarrollo psicosexual. Cada una de estas etapas se centra en una zona erógena específica del cuerpo, la etapa oral, la etapa anal y la etapa genital.
Podría detenerme en cada etapa y explicar qué conflictos típicos surgen y qué fijaciones pueden desarrollarse. Pero honestamente, los detalles técnicos son menos importantes que la lógica general: Freud está diciendo que somos seres deseantes desde el inicio, que ese deseo se va organizando de formas diferentes según crecemos, y que la forma en que los adultos regulan ese deseo deja marcas. Si alguien quiere los detalles específicos de cada etapa, en la descripción hay lecturas que los desarrollan. Nosotros vamos a ir directo a lo que realmente importa: el Complejo de Edipo, donde todas estas piezas se juntan de la forma más perturbadora posible
El Complejo de Edipo
Freud era un individuo profundamente influenciado por la literatura; se dice que decidió estudiar medicina después de leer uno de los ensayos de Goethe. Con esto en mente, no es extraño que ocupara la historia de Edipo Rey de Sófocles para ilustrar y cimentar su teoría. Freud creía que si una historia tan antigua, más de 2000 años, aún generaba reacciones en la gente, significaba que la historia reflejaba algo eterno, algo propio de la condición humana, algo que valía la pena rescatar.
Esto es algo que se cree a día de hoy, especialmente sobre Edipo Rey, que es una lectura obligatoria en el curriculum nacional. El problema es que Freud cree que lo más importante de la obra es el hecho de que Edipo tiene sexo con su madre y asesina a su padre. Y no, el conflicto entre libre albedrío y destino o la advertencia sobre la soberbia del hombre.
Dejando de lado esas lecturas tradicionales, Freud utiliza la historia de Sófocles para ilustrar dos cosas fundamentales: la estructura universal de la psique humana, no nos olvidemos de que el hombre es un científico positivista; y el paso del “principio de placer” al “principio de realidad”, es decir, la civilización del individuo.
La formulación más básica de esta teoría es esta: entre, aproximadamente, los tres y seis años, el niño desarrolla deseos sexuales hacia el padre del sexo opuesto y sentimientos de rivalidad, incluso hostilidad, hacia el padre del mismo sexo. El niño varón quiere a su madre para sí mismo y ve a su padre como un competidor que debe eliminar. La niña quiere a su padre y ve a su madre como rival.
Lo primero que hay que entender es que cuando Freud habla de "deseo sexual" en un niño, no está hablando de deseo erótico en el sentido adulto. El niño no quiere literalmente acostarse con su madre. Lo que el niño experimenta es un deseo primitivo de posesión exclusiva, un amor narcisista que no tolera compartir. Para el niño pequeño, la madre es la fuente primordial de satisfacción, de placer, de seguridad y el niño quiere tenerla completamente para sí mismo.
Sin embargo, hay un problema: la madre tiene a otra persona especial en su vida, ya tiene otro objeto de amor: el padre. El niño descubre que no es el centro del universo de su madre, que hay alguien más, que tiene un lugar privilegiado y eso genera celos y rivalidad. En la mente del niño, la única solución a esta tragedia es deshacerse del padre. El problema que surge, sin embargo, es que el padre es más grande y más fuerte. Aquí entra lo que Freud llama el “complejo de castración”: el niño teme que si compite directamente con el padre, este lo castigará, lo eliminará como rival. No estamos hablando de castración literal, sino del miedo primitivo a ser destruido por una fuerza superior. Ese miedo es lo que detiene al niño, lo que lo fuerza a buscar otra salida.
El niño entonces, en su mente, se encuentra entre la espada y la pared. Lo que lo lleva a resignarse, a compartir el amor de su madre y buscar parecerse a su padre, para que, en el futuro, él pueda llegar a tener a alguien parecida a su madre.
Para Freud, esta resignación es el origen del “superyó” un concepto que aún no hemos visto, pero que significa, básicamente, la interiorización de las normas sociales; recordar lo que dije sobre Freud siendo un “contratista social”. A su vez, algo importante que destacar del Complejo de Edipo es el énfasis en la idea de que estamos “destinados” a existir desde la “falta”. La resignación del niño es lo que lo civiliza, pero también es lo que lo convierte en una persona que actúa siempre desde el déficit, nunca seré tan grande y fuerte como mi padre, nunca encontraré una mujer tan buena como mi madre. Esta es una idea central del psicoanálisis y de los autores que retoman a Freud; especialmente, Lacan y Žižek.
Dicho esto, con la idea central del Edipo explicada, nos queda explorar lo que viene después: la segunda tópica y su filosofía política. Estos dos temas “nacen” desde el Edipo, pero quiero tratarlos aparte. Comenzando por la segunda tópica.
El “Yo”, el “Superyó” y el “Ello”
Después de la noción del Edipo, Freud elabora su teoría más conocida: la idea del “Yo”, el “Superyó” y el “Ello”; conocida también como la segunda tópica. Freud, antes de la segunda tópica, había desarrollado la primera tópica con las categorías de Consciente, Preconsciente e Inconsciente. No voy a meterme en las articulaciones entre ambas teorías porque nos desviaría demasiado, pero sí necesitan saber que estas dos teorías conviven: la primera describe las capas de accesibilidad de la mente, la segunda describe las fuerzas que operan en ella.
Dicho esto, la segunda tópica es una idea muy importante, demasiado importante; no solo para entender el pensamiento de Freud o de autores posteriores, sino porque es la manera en la que nosotros mismos, hayamos leído a Freud o no, entendemos nuestra propia mente. Esto, sin embargo, no es producto solamente de Freud, la idea de un “algo” divido en tres partes es fundamental en las culturas occidentales.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en el cristianismo; los tres estados del alma de Platón: Racional, Irascible, Concupiscible u Oro, Plata y Bronce; o simplemente la idea, muy arraigada en sociedades cristianas, de la diferencia entre Dios, el ser humano y el Diablo. Todas estas ideas apuntan a algo similar: la realidad está estructurada en tres partes. Pequeño paréntesis, el número tres “siempre” ha sido un número importante en las culturas occidentales, desde Pitágoras y su culto en la Grecia Antigua hasta el día de hoy, con la última idea que compartí.
Para aterrizar aún más la idea detrás de la segunda tópica es interesante revisar nuestro propio folklore. En Del Origen de los Mitos de Chile de Julio Vicuña Cifuentes, se describe que una de las maneras de identificar a una bruja o un brujo es fijándose si es que a la persona le lagrimea constantemente el ojo derecho, estas son las lágrimas del ángel bueno que habita en cada uno de nosotros y que se posiciona siempre a nuestra derecha; al brujo le llora el ojo derecho constantemente porque su ángel bueno está triste por toda la maldad en la que este incurre.
En las sociedades influenciadas por el cristianismo, existe la noción de que hay un bien absoluto, un mal absoluto y que el ser humano se encuentra en el medio de estas dos y debe elegir a cuál se acerca más; Dios, el Diablo y el ser humano. Bueno, la segunda tópica de Freud es la forma secular de esta creencia. El “Ello” es el Diablo, el “Superyó” es Dios y el “Yo” es el ser humano; obviamente, esta no es una relación 1:1, pero es una forma de aproximarse a la segunda tópica, de manera que sea más fácil entenderla.
Ahora sí, después de esta larga, pero necesaria introducción, vamos de lleno con la segunda tópica.
Empecemos por el fondo, por lo más primitivo: el “Ello”. El “Ello” es deseo en estado puro, no tiene filtro ni consideración por la realidad, los demás o las normas sociales. El “Ello” lo único que hace es desear, desear y desear, no le importan las consecuencias o las implicaciones de ese deseo. Esto es lo que Freud denomina: el “Principio del Placer”; y el “Ello” se rige exclusivamente por este principio. El “Ello” no opera bajo ningún tipo de principio lógico, racional, moral o cultural.
El “Ello” es completamente inconsciente y completamente egoísta en el sentido más literal: solo existe el ego, sus necesidades, sus deseos. El llanto de un bebé es el ejemplo más básico del “Ello” en acción. Los bebés no lloran porque sí, lloran porque están incómodos, porque tiene hambre, porque tiene frío, porque tienen calor, etc. El punto es que el llanto de un bebé es el “Ello” trabajando, es el “Ello” del bebé comunicando a sus cuidadores que necesita algo y lo necesita ahora.
El “Ello” es la herencia de nuestro pasado animal, es lo que conecta con nuestros impulsos más básicos: hambre, sed, sexo, agresión. Por esta razón, el “Ello” es “eterno”, nunca desaparece, siempre está con nosotros. El problema del “Ello” es que es realmente estúpido, el “Ello” busca satisfacer sus deseos, incluso si estos son contraproducentes en cuanto a la supervivencia del individuo. El ser humano no puede ir por la vida satisfaciendo todos sus deseos inmediatamente; terminaría muerto, preso o aislado. Por eso necesitamos las otras dos instancias.
El “Yo” emerge como respuesta al problema del “Ello”; el “Yo” le pone límites al “Ello”. Si el “Ello” opera bajo el "Principio de Placer", el “Yo” opera bajo el "Principio de Realidad". Es decir, reconoce que no es posible ni deseable satisfacer todos los deseos de “Ello”. El “Yo” negocia con el “Ello” y el mundo exterior, para conseguir el mejor trato posible: seguir vivo, no terminar preso o aislado y vivir una vida donde, ocasionalmente, se le da en el gusto al “Ello”.
En términos simples, el “Yo” es la conciencia, el "Yo" es ese “yo” que piensa que mencione al principio de este video y del que hablamos en el video pasado. El “Yo” eres tú, el que “decide” ver videos en YouTube, el que procrastina, el que se obsesiona con cosas, el que no le gustan ciertas cosas, todo eso; todo lo que te hace ser tú, eso es el “Yo”. Sin embargo, Freud, como es de costumbre, nos dice algo muy incómodo sobre el “Yo”: el “Yo” no es el patrón de fundo, el “Yo” es un simple inquilino. El “Yo” es como un gato doméstico, él cree y se comporta como si estuviera a cargo, como si el fuera el jefe, no obstante, es simplemente una mascota que, para bien o para mal, está a merced de fuerzas fuera de su alcance.
El “Yo” es el resultado de la tensión entre el “Ello” y el “Superyó”, el deseo insaciable y las normas sociales. El “Ello” quiere mandarle su buen cornete al profesor que habla puras weas. El “Superyó” dice “no puedes hacer eso, la violencia está mal, te expulsarían, tu familia se decepcionaría”. El “Yo” entonces negocia: “Está bien, no lo golpeo, pero tampoco lo voy a pescar y lo voy a pelar cuando pueda”. Eso es el Yo trabajando: encontrar el punto medio entre lo que quieres hacer y lo que puedes hacer.
Con esto, llegamos a la última instancia de la psique humana: el “Superyó”, la voz de autoridad y normas que hemos interiorizado; nuestro paco interno. Como vimos en la sección del Complejo de Edipo, el “Superyó” es el producto de la tensión entre los padres. La primera frustración del “Ello” y la que nos hace interiorizar una serie de normas y disposiciones que estructuran por completo nuestras vidas. El “Superyó” es la conciencia moral, es esa voz dentro de ti que critica tu actuar, tus decisiones, tus defectos, incluso, tus pensamientos y emociones.
El “Superyó” es lo que hace que una persona con anorexia no coma, lo que hace que una persona con bulimia vomite todo lo que consume, lo que hace que te sientas mal cuando te ves al espejo porque solo tiene ojos para tus defectos. Es la parte de nosotros que nos hace sentir culpa y vergüenza; es lo que nos dice "no deberías haber hecho eso", "no eres lo suficientemente bueno", "eres una mala persona". Para el “Superyó” uno no debería ni siquiera pensar o sentir ciertas cosas, pero si lo haces, ahí estará para restregártelo en la cara. El “Superyó” es la causa del dicho: la mente es una excelente sirvienta, pero una terrible jefa.
El Superyó se alimenta de la renuncia. Mientras más renuncias a tus deseos para obedecerlo, más fuerte se vuelve, más exigente. Es un circuito de culpa infinita: renuncio a mi deseo, me siento culpable por haberlo tenido, renuncio más, me siento más culpable. Freud observa que las personas más morales, las más "buenas", suelen ser las que sufren de más culpa, precisamente porque han desarrollado un Superyó especialmente severo. El Superyó, entonces, no es simplemente "las normas de la sociedad internalizadas". Es esas normas transformadas en un tirano psíquico que nunca descansa, que siempre vigila, que siempre juzga. Y lo peor es que, como opera mayormente en el inconsciente, ni siquiera sabemos exactamente qué es lo que nos prohíbe o por qué nos sentimos culpables. Solo sabemos que algo en nosotros nos castiga constantemente.
Esto es la segunda tópica, la estructura de la psique humana y su comportamiento. Pero todavía queda una cosa más del pensamiento de Freud que nos queda por explorar: su Filosofía política.
Filosofía Política de Freud
Como he mencionado algunas veces en los dos videos que llevamos, Freud no poseía mucho interés por la Filosofía, si es que tenía interés alguno por esta disciplina; lo que no impide que su obra dialogue con ella. Sin embargo, hay momentos en la vida y obra de Freud, en donde este incursiona, aunque sea poco, en críticas culturales y explicaciones antropológicas; como el artículo La Moral Sexual y la Nerviosidad Moderna o Tótem y Tabú, todo basándose en su trabajo con el psicoanálisis.
No obstante, no es sino hasta 1930, donde un Freud de 74 años publica El Malestar en la Cultura. Un ensayo que extrapola y combina todo su conocimiento para realizar su análisis cultural más profundo y potente. Estos videos no son análisis de libros, así que no haré un análisis del libro. Lo que sí haré es explorar la Filosofía política del Freud, basándome en las obras que he mencionado hasta ahora en esta sección.
Dicho esto, hay muchas formas de leer a Freud y yo elijo leerlo en un sentido literario. Freud no es un pensador ultra pesimista como Schopenhauer, Mainländer o Kafka. Ciertamente, el hombre postula cosas que no sientan muy bien, pero lo hace siempre desde postura y una perspectiva propositiva. El corazón del psicoanálisis, a fin de cuentas, es la búsqueda de que el pasado no se convierta en destino (Gómez, 2021).
Con esto en mente, en cierto sentido, es al final de la vida de Freud donde todas las piezas caen en el lugar donde les corresponde y podemos apreciar su obra con otros ojos. Freud concluye que al centro de la condición humana hay una tensión que no puede ser resuelta. He mencionado anteriormente, no recuerdo muy bien cuando, capaz en el video anterior, que para Freud el principio fundamental de la vida es el deseo.
Este deseo es doble: por un lado, queremos hacer todo tipo de aberraciones y solamente preocuparnos por nosotros mismos; pero, por otro lado, también queremos vivir en sociedad, queremos amar y ser amados. Esta es la tensión que no se puede resolver. Citando a Faulkner, al centro de la cultura, al centro de la vida en sociedad, se encuentra el corazón humano en conflicto consigo mismo. Y, como Faulkner dijo también, eso es lo único sobre lo que vale la pena pensar. Esto es a lo que Freud dedico su vida, a pensar sobre lo único que vale la pena pensar.
Siento importante mencionar esto porque, a veces, yo mismo caigo en la caricaturización de Freud y su aporte, y creo que esto es algún tipo de mecanismo cultural de defensa. Es bien sabido, creo, que la ironía y la sátira, han aumentado como actitud predeterminada hacia el mundo por parte de la juventud. Es como cuando Dewey dice “no esperaba nada de ustedes y aun así me decepcionan” esa es la actitud de nuestra generación y de las generaciones que vienen. Una especie de pesimismo o desesperanza aprendida.
Bueno, después de este pequeño lapsus reflexivo, toca explorar la Filosofía política de Freud que, en las Ciencias Sociales, es la parte más influyente de su pensamiento. Freud, al final de su vida, se pregunta: ¿Por qué la civilización, con todos sus avances y comodidades, no nos hace felices? Y la respuesta que elabora es tan simple como devastadora. Para Freud, la base de la civilización, el componente fundamental de cualquier sociedad, es la represión sistemática de nuestros deseos más básicos.
Recordemos que Freud es un “contratista social” de la escuela de Hobbes, el cual postulaba que el deseo primordial del hombre es el poder y el incesante impulso de obtener dicho poder, lo lleva a un estado de conflicto perpetuo; el Bellum omnium contra omnes (Guerra de todos contra todos). Los individuos, en su estado de naturaleza o estado primitivo, se encuentran en un estado de guerra permanente.
Sin embargo, este estado de guerra permanentemente trae consigo grandes niveles de violencia, lo que, en consecuencia, activa el temor más grande del ser humano: una muerte violenta. En este conflicto perpetuo no tiene cabida el bien y el mal, la justicia o la injusticia, solo la derrota y la victoria; vida o muerte. En este sentido, el ser humano se encuentra permanentemente tensionado entre lo que más desea en este mundo y lo que más teme en este mundo. Es a causa de esta tensión que nace el “contrato social”, un acuerdo muto entre individuos para alcanzar la paz.
Las similitudes con el freudismo creo que son obvias. No obstante, Freud le da un giro sexual al asunto, como es de esperarse. Freud postula que el contrato social nace a partir de la creación de los Tabús. Freud argumenta que la única razón por la que existen los Tabús, es porque, naturalmente, nos sentimos atraídos hacia esos comportamientos. No matar, no violar, no cometer incesto, todas estas cosas son aberraciones para nosotros, pero su prohibición nos dice que son cosas que hacemos o buscamos hacer regularmente. Por ejemplo, no hay un Tabú en contra del ciempiés humano, porque no es algo que el ser humano se sienta atraído a hacer de manera natural.
Aquí, Freud juega con nuestra “herencia animal” o, mejor dicho, nuestro cavernícola interior. Freud no dice que el incesto y la violación son cosas que deberíamos satisfacer o, siquiera, que son cosas que queramos hacer realmente. Lo que Freud dice es que dentro de nosotros hay un cavernícola que aún no ha evolucionado y que piensa igual que un animal. Y a ese cavernícola hay que civilizarlo, imponiéndole normas sociales, Tabúes y esas cosas, para que se comporte y la vida en sociedad pueda seguir sin mayores problemas.
Esto significa que vivir con otros, construir una civilización, requiere de una constante renuncia a nuestros impulsos primitivos. No puedo golpear a quien me molesta, no puedo tomar lo que quiero, no puedo satisfacer mis deseos sexuales indiscriminadamente. La civilización es, fundamentalmente, un gran aparato de represión colectiva.
Pero, y aquí entra una de las ideas más interesantes de Freud, esta represión controla nuestros impulsos destructivos, dirigiéndolos hacia actividades "productivas" y "civilizadas". Es lo que él llama sublimación. El deseo sexual reprimido se transforma en arte, en ciencia, en trabajo, en cultura. En otras palabras, todo lo que consideramos valioso en la civilización, todo lo que nos distingue de los animales, existe porque hemos reprimido nuestros impulsos más básicos.
Pero aquí está el problema, y es un problema enorme: la represión tiene un costo. Freud observa que mientras más "civilizada" se vuelve una sociedad, más restrictiva se vuelve, más demandas le impone al individuo, más debe este renunciar a sus deseos. Y esa renuncia constante genera lo que Freud llama "malestar": ansiedad, neurosis, depresión, culpa. El precio de la civilización es nuestro bienestar psíquico.
Freud va incluso más lejos. Propone que existe un instinto fundamental en los seres humanos que no es solo el deseo sexual, sino algo aún más primordial: el instinto de muerte, Tánatos. Freud observa que los humanos no solo buscamos placer y vida, sino que también tenemos una tendencia inherente hacia la destrucción, la agresión, incluso la autodestrucción. La civilización debe reprimir no solo Eros (el impulso vital, el deseo), sino también Tánatos. Y la historia humana, con sus guerras interminables, su violencia sistemática, sus genocidios, demuestra que esa represión nunca es del todo exitosa.
La civilización, entonces, se encuentra en una trampa sin salida. Si afloja demasiado la represión, si permite que los impulsos se expresen libremente, se derrumba en el caos y la violencia. Pero si reprime demasiado, si exige demasiada renuncia, genera individuos profundamente neuróticos e infelices que eventualmente estallarán de formas impredecibles. No hay un punto de equilibrio perfecto. Freud es, en este sentido, profundamente pesimista. No cree que sea posible una sociedad donde los humanos sean verdaderamente felices y libres. Cualquier forma de organización social requiere represión, y toda represión genera malestar.
Esto conecta directamente con lo que dije al principio sobre los "maestros de la sospecha". Para Marx, el problema era la economía: cambia las relaciones de producción y cambiarás la sociedad. Para Nietzsche, el problema era la moral cristiana: supera esa moral y el superhombre surgirá. Pero para Freud, el problema es mucho más fundamental y mucho menos optimista: el conflicto está en la naturaleza misma del ser humano, en la tensión irresoluble entre nuestros impulsos y las demandas de vivir con otros.
Y aquí es donde Freud se vuelve peligroso políticamente, porque su pensamiento puede usarse de dos maneras completamente opuestas. Por un lado, puedes leer a Freud y concluir que la represión es inevitable, que cualquier intento de cambio radical está destinado al fracaso porque la naturaleza humana es fija e inmutable. Esta es la lectura conservadora de Freud: las cosas son como son porque así deben ser. Mejor resignarse y adaptarse.
Por otro lado, puedes leer a Freud y concluir lo opuesto: que necesitamos examinar críticamente qué tipo de represión ejerce nuestra sociedad específica, qué deseos reprime y en nombre de qué. No toda represión es igual ni tiene el mismo propósito. La represión puede servir para mantener un orden social injusto, para preservar relaciones de poder, para disciplinar cuerpos y deseos que amenazan el statu quo. Esta es la lectura crítica de Freud, la que inspira a pensadores como Reich, Marcuse, o más recientemente, los psicoanalistas lacanianos y marxistas.
Freud mismo no resolvió esta tensión. Era un hombre de su tiempo, con sus propios prejuicios y limitaciones. Pero nos dejó las herramientas para pensar estos problemas de formas nuevas. Nos enseñó a desconfiar de nuestras propias certezas, a preguntarnos qué fuerzas inconscientes determinan nuestras acciones y creencias. Y esa pregunta, esa sospecha radical, sigue siendo tan necesaria hoy como lo fue hace cien años.
Porque al final, lo que Freud nos dice es esto: no somos tan libres como creemos, no somos tan racionales como pensamos, no somos tan dueños de nosotros mismos como nos gustaría. Pero precisamente porque nos muestra eso, porque nos hace conscientes de lo inconsciente, nos da la posibilidad, aunque sea limitada, de cambiar algo. No podemos eliminar el conflicto entre deseo y civilización, pero podemos al menos entenderlo, nombrarlo, trabajar con él en lugar de simplemente sufrirlo ciegamente.
Y con esto llegamos al final de este recorrido por el pensamiento de Freud. Hemos visto cómo construyó su teoría del inconsciente, cómo pensó la sexualidad infantil y el Complejo de Edipo, cómo estructuró la psique en Yo, Superyó y Ello, y finalmente, cómo extendió estas ideas para pensar la civilización misma. Freud no tiene todas las respuestas. De hecho, muchas de sus ideas han sido cuestionadas, revisadas, o directamente rechazadas. Pero las preguntas que planteó, la forma radical en que nos obligó a pensar sobre nosotros mismos, esas siguen siendo fundamentales. Y eso es lo que hace que valga la pena estudiar a Freud: no porque tenga razón en todo, sino porque nos enseñó a hacer las preguntas correctas.
Bibliografía (Falta ordenar)
Freud, S. (1992). Tres ensayos de teoría sexual. En Obras completas (vol. 7, pp. 117–211). Amorrortu.
Vicuña, J. (2018). Del Origen de los Mitos de Chile. LOM.