Sigmund Freud. 1/3

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Sigmund Freud. 1/3

A pesar de ser uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, Sigmund Freud es una figura bastante controvertida y, la verdad, con justa razón. Muchas de las cosas que postuló, hoy en día podemos afirmar, son verdaderas idioteces; solamente por nombrar un ejemplo, la idea de la envidia fálica es un disparate en tantos sentidos, que ni siquiera vale la pena tomarla en cuenta.

Sin embargo, su aporte a las Ciencias Sociales, si bien ambiguo, es gigantesco e importantísimo. Freud camina siempre entre lo uno y lo otro; materialismo e idealismo, consciente e inconsciente, sociedad e individuo. Esto es lo que convierte en un pensador tan interesante, pero, también, es lo que lo abre a tantas críticas epistemológicas posteriormente.

Esta ambición de Freud es también lo que lo convierte en una figura tan influyente. Freud influencia directa e indirectamente a una gran cantidad de pensadores: Jung, Lacan y la Escuela de Frankfurt son herederos directos de Freud. Por tanto, de alguna u otra manera, todo lo que haya sido influenciado por Jung, Lacan, la Escuela de Frankfurt y la Teoría Crítica, hasta cierto punto, beben de Freud.

En este sentido, Freud es importante porque es uno de esos pensadores que posibilita nuevas formas de concebir e interpretar la realidad; las cuales, para bien o para mal, continúan estructurando nuestras vidas mucho después de su muerte. Teniendo esto en cuenta, tomar en serio a Freud y su aporte es muy importante. Especialmente para aquellos que hemos sido influenciados por la Tradición Crítica. En mi caso, Dios sabe lo importante que ha sido en mi formación el leer a Bourdieu, Hooks, Foucault, Freire, Adorno, etc.

Por último, antes de comenzar, una aclaración: mi interés en Freud es más histórico-conceptual, qué psicológico. Lo que me importa es el esqueleto de su pensamiento, lo que subyace a su forma de pensar y lo que nos permite entender su influencia posterior, más que los detalles técnicos del psicoanálisis. Por esta razón, el video no se enfocará en todo el pensamiento de Freud, sino que más bien en sus bases.

Dicho esto, haré honor a mi formación profesional y realizaré un poco de lo que en la Didáctica de la Historia denominamos como “Heurística del Origen”. Porque, como dicen por ahí (Bloch, 2015, p. xx), los hombres se parecen más a sus tiempos que a sus padres. El tiempo, es decir, el contexto social, económico, político y cultural específico del objeto de estudio, son elementos cruciales en nuestro entendimiento de la historia. En Historia, la medida de una persona se revela con lo que hace en el contexto específico en el que vive.

La medida de Freud

Freud era un individuo particular, muy particular, en muchos sentidos. En primer lugar, si pensamos a Freud, desde Freud, rápidamente nos podemos dar cuenta de que es una persona con problemas de desarrollo psicosexual. A menudo es descrito como una persona obsesiva, extremadamente competitiva, orgullosa y realmente agresiva en cuanto a la defensa del psicoanálisis.

Con esto en mente, me pregunto si es que habrá algún concepto o idea propia del estudio de la mente y la conducta que nos pudiera explicar esta faceta de la personalidad de Freud (Atrás mío, en la pizarra o en un efecto de edición, debería aparecer la palabra “sublimación”). Si no la hay, supongo que este es uno de esos misterios que no se pueden resolver del psicoanálisis.

En segundo lugar, las fuentes indican que Freud era un agresivo consumidor de coca (Brevemente, detrás de mí, aparece una imagen aludiendo a la cocaína), lo que es un poco extraño porque en las fotografías que tenemos de Freud no pareciera que este tuviera problemas con el azúcar y con su peso, como es de esperar cuando una persona consume grandes cantidades de bebidas carbonatadas.

En tercer lugar, Freud era sumamente mentiroso y constantemente se contradecía en cuestiones que no poseían mayor importancia. Un ejemplo de esto es la extraña relación que mantuvo con Breuer después de su colaboración en los Estudios sobre la Histeria. En la edición de Amorrortu de las obras completas de Freud, el libro de Estudios sobre la Histeria menciona en el prólogo como Freud a lo largo de los años cambiaba de parecer en cuanto a la importancia de Breuer en la fundación del psicoanálisis.

Con todo esto, no quiero que se piense que estoy intentando “asesinar” el carácter y la memoria de Freud. De hecho, todo lo contrario, quiero presentar a Freud como un humano, una persona común y corriente, como tú o yo. Freud tenía una obsesión insana con el sexo, era adicto a la cocaína, era mentiroso, agresivo, llevado a su idea y otras muchas cosas más. Y es precisamente desde estos defectos, estas tensiones y contradicciones que nace su genialidad. No en el sentido del “genio torturado”, sino que en el sentido de que Freud era un ser humano y los seres humanos tienen defectos y esos defectos no significan que no valga la pena escucharlo o, en este caso, leerlo.

Ahora bien, Freud no se encontraba atravesado por tensiones y contradicciones solamente en su vida personal, sino que también en su vida profesional. Freud comienza su carrera investigativa a fines del siglo XIX en Viena, Austria. En esta época, el mundo germánico se encontraba atravesado por dos corrientes o escuelas de pensamiento antagónicas: el idealismo y el materialismo de la corriente positivista.

Freud era, de profesión, neurólogo. Por tanto, a pesar de la gran influencia y peso que tenían los filósofos idealistas, específicamente Kant, Freud era un científico materialista-positivista tradicional. Sin embargo, su encuentro y trabajo con Charcot y Breuer, en el caso de mujeres que padecían de histeria, genera un quiebre en su forma de pensar. Y aquí es donde mezcla idealismo y positivismo para elaborar su teoría del inconsciente.

Otro elemento muy importante para comprender la obra de Freud es el contexto sociocultural de Europa. Freud vivió toda su vida en una cultura que lo despreciaba por el solo hecho de ser judío. El antisemitismo es un fenómeno de larga duración, sin duda, pero en el momento en que Freud vivía y desarrollaba su obra, se comienza a consolidar un nuevo tipo de antisemitismo, el antisemitismo racial o biológico, que es lo que sienta las bases de lo que en el siglo XX se convertiría en el Holocausto.

En este sentido, la cita de Bloch (2015) “los hombres se parecen más a sus tiempos que a sus padres”. Retrata perfectamente la situación de Freud y su obra. En un tiempo marcado por la discriminación, conflictos bélicos y hasta amenazas existenciales, ¿realmente sorprende el pesimismo y la desesperanza presentes en el freudianismo?

Si buscamos comprender el pensamiento de Freud más allá de lo superficial, debemos tener en cuenta todas estas cosas. A fin de cuentas, somos la suma de todas nuestras partes y la resta de todo lo que no formamos parte. Las ideas de Freud no aparecen de la nada, aparecen dentro de un espacio de experiencia y un horizonte de posibilidades concretos. (De nuevo, me gustaría no tener que usar estos conceptos, pero son los únicos que transmiten la idea).

Sin embargo, antes de empezar el análisis, creo necesario de hablar un poco sobre la controversia que envuelve a la figura de Freud, especialmente la que tiene que ver con su trabajo con las mujeres con histeria (término que ya no se utiliza, por cierto). Y específicamente, su negación de los relatos que estas mujeres ofrecían.

Controversia

Básicamente, Freud, investigando las causas de la histeria, se encuentra con que muchas de estas mujeres reportaban haber sido abusadas sexualmente cuando eran pequeñas. En un principio, Freud, en un gesto verdaderamente revolucionario para la época, sí se tomó en serio estos relatos; de hecho, un tiempo después de que, junto con Breuer, publica sus Estudios sobre la Histeria, elabora la Teoría de la Seducción. Esta teoría postulaba que el origen de la histeria y las neurosis obsesiva era un evento traumático en la infancia, particularmente, el ser víctima de abuso sexual por parte de la figura paterna.

No obstante, en 1897, Freud abandona la Teoría de la Seducción y aquí las cosas se complican rápidamente. No hay una lectura universal de esta situación, pero sí hay al menos tres formas de entenderla que no son excluyentes entre sí.

La primera es la que el propio Freud ofrece. En su carta a Fliess de septiembre de 1897, escribe: "No creo más en mi neurótica" (p. 161). Las razones que entrega son varias. Primero, que los tratamientos basados en esta teoría no funcionaban: las pacientes no mejoraban, la teoría no aguantaba el peso de la práctica clínica. Segundo, que para que la teoría fuera verdad, el abuso sexual infantil tendría que ser una práctica extraordinariamente común, dado lo extendida que era la histeria como diagnóstico. Esto a Freud no le parecía posible. Y tercero —y aquí viene lo más interesante— que el inconsciente no distingue entre lo que realmente pasó y lo que el sujeto cree que pasó. El inconsciente registra información sin importarle si proviene de un evento real o de una fantasía. Esto es lo que después Freud llamará "realidad psíquica", y es el núcleo de lo que viene después: el Complejo de Edipo, las fantasías sexuales infantiles, toda la arquitectura del psicoanálisis maduro.

La segunda forma de entender el abandono tiene que ver con las condiciones materiales en las que Freud operaba. Las mujeres que padecían histeria eran esposas e hijas de familias adineradas de Viena, los mismos círculos sociales en los que Freud se movía. Y quienes le pagaban eran, precisamente, los hombres que según la teoría serían los responsables del abuso: padres y esposos. No hay que ser muy cínico para darse cuenta de que sostener públicamente que la burguesía vienesa abusaba sistemáticamente de sus hijas no era exactamente una estrategia de carrera prometedora. A esto hay que sumarle que Freud ya estaba en una posición precaria por ser judío en una Viena cada vez más antisemita. Ir contra las bases del patriarcado de la época, siendo además judío, era acumular vulnerabilidades.

Pero hay un tercer elemento que a menudo se pasa por alto, y es que la Teoría de la Seducción tenía un problema teórico interno. Si la histeria se origina siempre en un abuso real cometido por el padre, entonces la causa es externa al sujeto. El padre abusa, la hija enferma. Pero esto no explica por qué algunas personas que sufren abusos no desarrollan histeria, ni por qué la neurosis parece tener una estructura que se repite independientemente de las circunstancias particulares. Lo que Freud buscaba —aunque quizás no lo formulara así— era una causa estructural, no solo un evento contingente. El giro hacia la fantasía le permitió postular que hay algo en la constitución misma del deseo humano que genera conflicto, independientemente de si hubo o no un trauma "real". Es decir: el paso de la seducción a la fantasía no es solo una traición a las víctimas (que también lo es), sino un intento de explicar la universalidad de la neurosis sin depender de la universalidad del abuso.

Ahora bien, que el giro tenga una lógica interna no lo absuelve. Freud, al reinterpretar los relatos de abuso como fantasías, desplazó la responsabilidad del agresor hacia la víctima. Eso es un hecho, y sus consecuencias fueron devastadoras para generaciones de mujeres cuyo sufrimiento fue leído como producto de su propia imaginación. El propio Freud, en esa misma carta a Fliess, escribe algo escalofriante: "el padre debiera ser inculpado como perverso, sin excluir al mío propio" (p. 161). Es decir, Freud entendía perfectamente lo que estaba en juego. Y decidió mirar para otro lado.

Este es el punto de inflexión del pensamiento de Freud. Aquí comienza el inicio del Freud que todos conocemos y a pesar de que comienza con el pie izquierdo, se podría decir que avanza hasta el final de sus días con el pie izquierdo, hay una frase de George. R. R. Martin (2019) en Choque de Reyes en la que pienso cada vez que me encuentro pensando sobre alguna figura o personaje controvertido: “Una buena acción, no lava la mala, ni una mala lava la buena. Cada una debe tener su recompensa” (p. 559).

Dicho esto, es hora de pasar a los fundamentos filosóficos del pensamiento freudiano porque, a pesar de no ser su intención, Freud dialoga con la filosofía en una manera muy particular e interesante. Especialmente porque Freud no poseía ningún tipo de formación filosófica, lo único que le importaba era el cerebro, la mente, el comportamiento.

Fundamentos ontológicos y epistemológicos

Todo pensador tiene una forma de entender la realidad (ontología) y una forma en la que se acerca e intenta aprehender esta realidad (epistemología). En el caso de Freud, analizar su pensamiento es un poco complejo, ya que mezcla demasiadas cosas y hay tensiones que nunca llegan a resolverse. Pero, a un nivel fundamental, sus principales influencias son dos: Schopenhauer y el positivismo.

Teniendo esto en cuenta, el principal aporte de Freud es la división del individuo entre la conciencia y el inconsciente. Este cambio se da en los dos niveles que menciona anteriormente: ontológico y epistemológico.

Por un lado, Schopenhauer, con su obra El Mundo como Voluntad y Representación, construye la base ontológica del pensamiento de Freud. Schopenhauer postula que el mundo, o la realidad, se divide en dos: voluntad y representación, interior y exterior. Pero, esta idea de Schopenhauer es una reinterpretación de la Teoría de la Mente de Kant. Por lo que es necesario entender lo básico de Kant, para entender lo básico de Schopenhauer, para entender lo básico de Freud.

Para Kant, no podemos conocer las cosas-en-sí, solo podemos conocer los fenómenos que son la forma que le imponemos a las cosas-en-sí. La realidad en toda su complejidad nos es inaccesible, por tanto, nuestra mente le impone formas que le otorgan “sentido” mediante categorías como espacio, tiempo, peso, cantidad, etc. Para Kant, la realidad es una actividad de la mente, el sujeto construye al objeto mediante la imposición de formas, creando los fenómenos.

Schopenhauer acepta la Teoría de la Mente de Kant, pero le añade algo más. Schopenhauer dice que si hay una cosa-en-sí que experimentamos sin mediación: la voluntad. Schopenhauer postula que la voluntad es un fenómeno interno y metafísico que experimentamos sin más. Por esta razón, su libro se llama El Mundo como Voluntad y Representación, la representación es la actividad mental de la que hablaba Kant, la voluntad, en cambio, es este elemento que funciona en paralelo o por detrás de la conciencia, al cual tenemos acceso directo, en tanto no necesitamos mediación para aprehenderlo, pero no podemos dominarlo o comprenderlo por completo; su naturaleza es irracional.

Con esto en mente, no es difícil ver la influencia de Schopenhauer en Freud. Estos dos autores postulan que hay algo que opera detrás de la conciencia y la razón. Sin embargo, Freud se distingue de Schopenhauer porque postula que este “algo” es individual y se forma mediante la experiencia, es decir, es específico a cada persona; la voluntad de Schopenhauer es individualizada e historizada. A su vez, este “algo” no es indomable e irracional, como postulaba Schopenhauer, todo lo contrario, el inconsciente freudiano es domable, hasta cierto punto, el problema es que, para poder dominarlo, primero hay que entenderlo y para poder entenderlo, hay que interpretarlo.

En suma, Kant deja un problema: si la realidad es inaccesible sin mediación, ¿Cómo conocemos algo? Schopenhauer cree haber encontrado una excepción: la voluntad, que experimentamos directamente. Pero la voluntad de Schopenhauer es universal y atemporal, lo que genera un nuevo problema: ¿Cómo explicar que cada persona sea diferente si todos estamos gobernados por la misma voluntad? Freud resuelve esto individualizando e historizando la voluntad: el inconsciente se forma mediante experiencias particulares

Siguiendo con los fundamentos del pensamiento freudiano, el positivismo es, de lejos, una de las características más importantes de Freud y su teoría. Ya mencioné como Freud no poseía ningún tipo de interés o formación en filosofía, esto se debe a que Freud es un hombre de ciencias, lo único que le importa es el mundo material, lo concreto.

Freud hereda esta forma de pensar de su formación profesional y trayectoria académica, la cual comienza en 1873, profundamente influenciado por sus profesores: Ernst Brücke y Theodor Meynert (Pearce, 2018). De esta formación académica, surge la idea de que la mente es el cerebro; lo psicológico es fisiológico; las ideas o no existen o son de naturaleza material, esencialmente.

Freud absorbe esta mentalidad completamente. En 1895 escribe el "Proyecto de Psicología para Neurólogos", un texto que nunca publicó, pero que revela lo comprometido que estaba con la corriente. En este escrito, Freud intenta reducir toda la vida psíquica (percepción, memoria, deseo, represión, sueños) a neuronas y la energía que fluye entre ellas. Quería una psicología que fuera, literalmente, neurología.

Sin embargo, como mencione anteriormente, sus experiencias con Charcot y Breuer, trabajando con las mujeres con histeria, genera un quiebre en su forma de pensar. Estas mujeres se encontraban físicamente sanas, pero, aun así, padecían de síntomas como parálisis de ciertas partes de sus cuerpos, ceguera, convulsiones, amnesia, etc. A su vez, estos síntomas desaparecían cuando se les inducían estados de hipnosis y se conversaba con ellas.

Con esto, Freud se pregunta ¿Cómo es posible que un tratamiento que no afecta la realidad material de las pacientes, “cure” sus síntomas físicos? Y ¿Cómo es posible que no haya una causa material a un problema que se presenta en la realidad material? Aquí, la segunda dimensión del cambio freudiano, el nivel epistemológico. Esto lo hace invirtiendo el problema fundamental de Descartes y problematizando su frase más célebre.

Descartes, decide un día encerrarse en su pieza y autoinducirse una crisis existencial porque, como buen miembro del pensamiento moderno, no estaba conforme con el estado de las cosas en su tiempo, particularmente, el estado de las ciencias. Para esto, Descartes utiliza una metodología matemática; de hecho, utiliza su propia metodología matemática: el plano cartesiano. Pero aplicado a la Filosofía. (METÁFORA DIDÁCTICA, NO ES UN ERROR O UNA IMPRECISIÓN)

Descartes busca encontrar el 0,0 de la existencia, de la realidad. Y así comienza a buscar una proposición que sea cien por ciento verdadera, que nadie pueda dudar y desde la cual emana todo lo demás. Es en esta crisis existencial autoinducida que Descartes dice: “Pienso, luego existo”.

Lo interesante de todo esto para nosotros, es el hecho de que Freud, esencialmente, se lava sus partes íntimas con Descartes. En primer lugar, el problema fundamental que propone Descartes, el problema que lo lleva a usar la duda metódica, es el hecho de que es imposible estar cien por ciento seguro del mundo exterior, pero es posible estar cien por ciento seguro de una cosa: en mi cabeza, hay un “yo” que piensa. El problema de Descartes es con el mundo exterior, el mundo interior (la mente) es, más o menos, transparente; el “yo” que piensa es consciente de todo lo que pasa a su alrededor.

Freud, en cambio, dice que el problema no es mundo exterior, sino que el mundo interior. En nuestra cabeza, efectivamente hay un “yo” que piensa, pero también hay un “eso” que lo controla. Esta es la inversión del problema de Descartes. Pero Freud todavía tiene más cosas que decir. La frase “Pienso, luego existo” después de Freud queda algo como “Existo, algo extraño ocurre, luego pienso”. Esta es la problematización del racionalismo de Descartes.

En suma, Freud divide al sujeto:  hay un “yo” consciente y un “eso” que opera en paralelo, y el “yo” consciente no tiene acceso directo a lo que hace el “eso”. El problema, por tanto, es que no todo puede ser reducido a fenómenos físicos, medibles y objetivamente descriptibles. Aquí entra en juego el núcleo del psicoanálisis y el pensamiento de Freud: el significado y su interpretación. El psicoanálisis nace en el momento en que Freud acepta que hay algo real (el inconsciente) que no es material (no es una parte del cerebro).

Esta realidad no material que produce efectos concretos en el cuerpo, en la conducta, en la vida, es el significado. Por ejemplo, un trauma no es determinado solamente por la intensidad física del evento traumático, sino por lo que ese evento traumático significa para el sujeto. Esta es la clave, dos personas pueden pasar por, exactamente, la misma situación traumática, sin embargo, solamente una de estas personas queda traumatizada, mientras la otra se recupera, relativamente, fácil. La diferencia es el significado que se le atribuye al evento, y el significado no es una propiedad física medible. En pocas palabras, la diferencia es semántica, no fisiológica.

Por esta razón, el psicoanálisis es necesariamente un ejercicio hermenéutico, es decir, un ejercicio de interpretación; educada e informada, pero interpretación a fin de cuentas. El inconsciente, al igual que la voluntad de Schopenhauer, no “aparecen” nunca. El inconsciente o la voluntad nunca se hacen presentes, son fenómenos que solo pueden aprehenderse a través de sus manifestaciones. Es decir, estas “cosas” sabemos que existen, no porque las podamos ver o tocar, sino porque dejan huellas y/o generan efectos concretos en nuestras vidas.

La idea detrás de esto es que uno nunca sabe que es lo que hará hasta el momento justo después de hacerlo. Son cosas de las que no tenemos control y que son tan interesantes, a veces hasta frustrantes, porque la única forma de “atraparlas” es cuando ya han ocurrido, cuando ya dejaron su marca, cuando ya se concretaron. Es como un fantasma, no puedes ver al fantasma, pero sabes que existe porque mueve cosas en la casa o hace alguna otra de las actividades que realizan los fantasmas.

Con todo esto en mente, que sé que es harto, llegamos al corazón de la ambigüedad freudiana. Freud introduce una ontología de lo psíquico irreductible a lo material, pero mantiene una epistemología heredada del naturalismo positivista. Es decir, de Schopenhauer hereda la intuición ontológica de que hay una fuerza irracional que opera por debajo, o en paralelo, a la conciencia, y que esta fuerza nos gobierna. De su formación profesional y trayectoria académica, en cambio, hereda la idea de que todo puede ser reducido a fenómenos físicos-materiales.

El problema es que estas dos cosas son incompatibles. Si el inconsciente es como la voluntad de Schopenhauer, metafísica e irracional, no puede ser objeto de una ciencia positivista. Pero si el inconsciente es simplemente un fenómeno material-físico-fisiológico, ¿Cómo resolvemos el problema del significado y la realidad psíquica?

Freud nunca resuelve esta tensión y, como lo veo yo, puede ser por dos razones: la primera es que Freud no era realmente tan positivista como intentaba mostrarse, es posible que utilizara su formación previa y el hecho de que el positivismo estaba en auge para que el psicoanálisis fuera tomado en serio; la segunda razón de porque nunca resolvió esta tensión es más aburrida, y tiene que ver con que, simplemente, le faltó tiempo.

Con todo esto en mente, para abordar el pensamiento de Freud en más detalle, la discusión debe cambiar y debemos adentrarnos en aspectos más específicos de su pensamiento.

Realidad Psíquica y sus Manifestaciones

El concepto o idea "maestra" de Freud es la "Realidad Psíquica". A lo largo del video he hecho referencia a esta idea, pero nunca la expliqué en profundidad. Bueno, ahora es el momento en el que hago justamente eso.

La realidad psíquica es, en términos simples, la idea de que para el inconsciente no importa si algo ocurrió o no en el mundo exterior; lo que importa es cómo ese algo fue registrado, significado y elaborado internamente. El inconsciente no distingue entre un evento real y una fantasía: ambos tienen el mismo peso, la misma capacidad de producir efectos. Esta es, precisamente, la razón por la que Freud abandona la Teoría de la Seducción. No porque el abuso no existiera, sino porque descubrió que, para el aparato psíquico, la distinción entre "esto pasó" y "esto lo imaginé" es irrelevante. Lo que determina el sufrimiento no es que el evento haya ocurrido o no, sino su inscripción psíquica, es decir, el significado que el sujeto le atribuye.

Este es el corazón del pensamiento de Freud: el problema del significado. El significado no es un elemento físico o material que pueda ser medido o cuantificado. Dos personas pueden vivir exactamente la misma situación traumática y salir de ella de maneras completamente distintas. No porque una sea más fuerte que la otra, sino porque el significado que cada una le atribuye al evento es diferente. El trauma, entonces, no es una propiedad del evento mismo, sino una relación entre el evento y el sujeto que lo experimenta. Y esa relación está mediada por la historia personal, las fantasías previas, los deseos reprimidos, las identificaciones, etc., por todo el aparato psíquico que cada uno ha ido construyendo a lo largo de su vida. La diferencia entre quien queda traumatizado y quien no, es semántica, no fisiológica.

Aquí es donde la individualización e historización de la voluntad de Schopenhauer se vuelve importante. La voluntad de Schopenhauer es universal: todos estamos gobernados por la misma fuerza ciega. Pero el inconsciente freudiano es singular: cada persona tiene el suyo, formado por experiencias irrepetibles. Por eso el psicoanálisis no puede ser una ciencia de leyes universales al estilo de la física. No hay una fórmula que diga "si ocurre X, entonces el sujeto desarrollará Y". Lo que hay son estructuras generales (el Edipo, la represión, el retorno de lo reprimido) que se actualizan de manera única en cada caso. El psicoanálisis es, en este sentido, una disciplina de lo singular.

Esto es lo que hace que el inconsciente sea tan difícil de tratar. El significado varía de persona en persona y el inconsciente adopta y, eventualmente, convierte ese significado en un mensaje "personalizado", algo específico para esa persona en particular. De esta manera, cualquier cosa puede significar algo: lo que te gusta, lo que no te gusta, lo que haces, lo que no haces, lo que te obsesiona, lo que sueñas, los errores que cometes, las cosas que olvidas. Todo esto puede tener un significado.

Ahora bien, si la realidad psíquica es interna y singular, ¿cómo accedemos a ella? Aquí entra el problema central del psicoanálisis: el inconsciente no habla directamente. El inconsciente se manifiesta, pero lo hace de manera cifrada, indirecta y con disfraces. Freud identifica varias vías por las cuales el inconsciente irrumpe en la vida consciente: los sueños, los errores, los síntomas, los chistes, las asociaciones libres. Todas estas son lo que se conoce como formaciones del inconsciente, es decir, productos en los que algo reprimido logra expresarse, pero solo a condición de deformarse lo suficiente como para burlar la censura de la conciencia.

El sueño es el ejemplo paradigmático. Freud lo llama "la vía regia al inconsciente". Cuando dormimos, la censura se relaja y el material reprimido puede emerger, pero nunca de manera transparente. El sueño tiene un contenido manifiesto, que es lo que recordamos al despertar, la historia aparente; y un contenido latente, que es el deseo inconsciente que el sueño intenta realizar. Entre ambos opera lo que Freud llama el "trabajo del sueño": una serie de mecanismos de deformación que transforman el deseo inaceptable en una narrativa aceptable para la conciencia. Interpretar un sueño es, entonces, recorrer el camino inverso: partir del contenido manifiesto y, mediante la asociación libre, ir desarmando las deformaciones hasta llegar al deseo que lo motivó.

Por ejemplo, si una persona sueña con que un león se la come, el significado de ese sueño depende completamente de las circunstancias particulares de la persona. Si vive en la ciudad y no existe ni la más mínima posibilidad de que, efectivamente, un león se la coma, entonces el león representa otra cosa en su vida, algo por lo cual siente la amenaza de ser devorada. Puede ser el trabajo, puede ser su jefe, puede ser su relación con su pareja, puede ser una de estas cosas, pueden ser todas estas cosas. No hay una respuesta universal. El león no significa lo mismo para todos; significa algo específico para ese sujeto, en función de su historia y sus conflictos.

Los actos fallidos funcionan de manera similar. Olvidas el nombre de alguien, dices una palabra por otra, pierdes un objeto. Para el sentido común, estos son errores sin importancia. Para Freud, son mensajes. El inconsciente aprovecha cualquier grieta en la atención consciente para colarse y decir lo que no puede decirse abiertamente. El famoso ejemplo freudiano: un presidente del parlamento abre la sesión diciendo "Declaro cerrada la sesión" en lugar de "Declaro abierta la sesión". Para Freud, esto no es un simple error: el presidente, inconscientemente, no quería que la sesión ocurriera. El lapsus revela un deseo que la conciencia no puede admitir. Como diría el Maestro Oogway, no existen las casualidades.

Pero de todas las manifestaciones del inconsciente, la más importante para el psicoanálisis es el síntoma. A diferencia del sueño o el acto fallido, que son momentáneos, el síntoma se instala en la vida del sujeto y la reorganiza. Y aquí es donde debemos entender la lógica que subyace a todas estas manifestaciones: la dinámica entre represión y retorno.

Para Freud, la base del inconsciente son todas las cosas que uno reprime: memorias dolorosas, traumas, deseos inaceptables, problemas que no se quieren afrontar. La represión es el mecanismo por el cual la conciencia expulsa estos contenidos y los mantiene fuera de su alcance. Pero el problema es que el inconsciente es malísimo para guardar secretos. Lo reprimido no desaparece; queda ahí, ejerciendo presión, buscando una salida. Y a la primera oportunidad que se le presente, va a emerger e irrumpir en la conciencia para gritarte, a su manera, que te tienes que hacer cargo de tus problemas. Esto es lo que Freud llama el retorno de lo reprimido.

El síntoma es precisamente eso: el retorno de lo reprimido bajo una forma disfrazada. Es un compromiso entre el deseo reprimido y la fuerza que lo reprime. Satisface parcialmente al deseo, porque le da una salida, aunque deformada, y satisface parcialmente a la represión, porque mantiene el deseo fuera de la conciencia directa. Por eso el síntoma es tan difícil de eliminar: cumple una función. Quitarlo sin entender qué está diciendo es como arrancar la aguja del termómetro para bajar la fiebre.

El ejemplo más claro de esto son las personas con Trastorno Obsesivo Compulsivo. Una persona que se lava las manos compulsivamente, diez, veinte, treinta veces seguidas, no lo hace porque sus manos estén físicamente sucias. Nadie podría tener las manos tan sucias. Para el psicoanálisis, esta obsesión compulsiva es un síntoma, no es la enfermedad en sí. El inconsciente de esta persona está irrumpiendo en su vida cotidiana, a través de este ritual, para comunicar algo que no puede ser dicho de otra manera. Lo más probable, según esta perspectiva, es que esta persona en algún momento de su vida, probablemente su infancia, pasó por un evento que la traumatizó y que le hace sentir culpa, ansiedad, sensación de suciedad moral, exigencia excesiva o algún otro tipo de conflicto. El ritual de lavarse las manos es una forma de "calmar" eso que no puede expresar porque se encuentra reprimido. Pero como lo reprimido siempre retorna, la calma es temporal, y el ritual debe repetirse una y otra vez.

Lo que sea que te aflija, tu síntoma, es un mensaje. Es la forma que tiene el inconsciente de comunicarse contigo para que hagas algo al respecto. El síntoma no es el problema; el síntoma señala el problema. Y la tarea del análisis es descifrar ese mensaje, entender qué está diciendo el inconsciente, para que el sujeto pueda hacerse cargo de aquello que ha estado evitando.

Todo esto implica que el psicoanálisis es, fundamentalmente, un trabajo de interpretación. La realidad psíquica no se observa directamente; se infiere a partir de sus manifestaciones. Y como esas manifestaciones están deformadas, cifradas, condensadas, el analista debe operar como un traductor o, mejor dicho, como un descifrador. Pero con una complicación adicional: el código no es universal. No hay un diccionario de símbolos que diga "soñar con agua significa X". El significado de cada elemento depende de la historia singular del sujeto. Por eso el psicoanálisis no puede ser estandarizado: cada análisis es un proceso único de desciframiento.

Aquí reaparece la tensión que he venido señalando a lo largo de todo el video. Freud quiere que el psicoanálisis sea una ciencia, pero el objeto que estudia, la realidad psíquica, es singular, no generalizable, y accesible solo mediante interpretación. Esto lo coloca en una posición incómoda: demasiado especulativo para los científicos positivistas, demasiado pretencioso para quienes desconfían de cualquier teoría totalizante. Y es precisamente esta tensión la que abre la puerta a las críticas epistemológicas más fuertes que se le han hecho al psicoanálisis.

Críticas epistemológicas

Llegamos así a las críticas epistemológicas del psicoanálisis que, si bien potentes, no agotan la discusión. La más fuerte de estas críticas las hace Karl Popper, quien postula que el psicoanálisis es una pseudociencia porque no es falsable, es decir, no hay manera de refutarlo. Esto porque, para Popper, para que algo pueda ser considerado como conocimiento científico debe, en primer lugar, poder ser refutado, si la teoría no permite ponerla a prueba de manera que se pueda falsear, es pura especulación.

En este sentido, Popper da en el clavo. El pensamiento de Freud, efectivamente, no puede ser falseado, porque, como vimos antes, cualquier cosa puede significar algo en tanto pueda ser relacionado con las circunstancias particulares que afligen al sujeto.

Supongamos que se te olvida el nombre de una persona, para el psicoanálisis esto significa que esa persona te cae mal, por eso olvidaste su nombre; no fue un error, fue un mensaje deliberado del inconsciente (el Maestro Oogway diría que no existen los errores).

Ahora bien, si aceptas esta teoría, confirmas el pensamiento de Freud. Pero si la rechazas, y dices que esa persona no te cae mal, de hecho, te cae bien, es una de las personas que mejor te cae en ese lugar y blablablá; fue un simple error. Freud diría que lo que acabas de hacer es aplicar la formación reactiva, es decir, transformar lo negativo e inaceptable, en su opuesto, para no enfrentar el problema y ocultar como te sientes de verdad.

Pero eso no es todo, si aun así la teoría no te convence, no es porque esté equivocada, para nada. La teoría no te convence porque no estás preparado mental y/o emocionalmente para aceptarla. Tu conciencia está poniendo resistencia para evitar el dolor o incomodidad de enfrentarse a la realidad. Es decir, no hay salida. Toda evidencia puede ser interpretada de manera que valide el psicoanálisis.

¿Significa esto que Freud es un fraude? No necesariamente. Para mí, esto significa que el psicoanálisis no es una ciencia positivista, no más. Aquí es donde la tensión de la que he estado hablando entra en juego, Freud se ponía la bata de científico para tratar fenómenos mentales que son, por naturaleza, no-científicos; no son medibles, no son observables y no son falsables.

Aristóteles (2024) decía que “es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada materia en la medida que la admite la naturaleza del asunto; evidentemente, tan absurdo sería aceptar que un matemático empleara la persuasión como exigir de un retórico demostraciones” (p. 26). Desde esta perspectiva, es propio de una persona poco instruida o poco sabia esperar la precisión de una ciencia formal en el psicoanálisis. Esto, sin embargo, no es un defecto de Freud o de su pensamiento.

Al principio dije que Freud es uno de esos pensadores que posibilita nuevas formas de concebir e interpretar la realidad y esto es gracias a la ambición de su pensamiento; tensiones y contradicciones incluidas. Como dice el dicho: “Al César lo que es del César”. Debemos juzgar a Freud por lo que es y hace; no por lo que nos gustaría que fuera e hiciera.

Conclusión

Hemos recorrido un camino largo y, lo admito, a ratos incómodo. Partimos con un Freud humano, demasiado humano: mentiroso, adicto, obsesivo, agresivo, competitivo, aprensivo, machista. Un tipo de persona que seguramente nos recuerda a alguien que conozcamos en la vida real y que probablemente no nos caiga muy bien. Pero también vimos cómo precisamente desde esas tensiones y contradicciones emerge algo genuinamente revolucionario: la idea de que no somos dueños de nosotros mismos, de que hay algo operando detrás de la conciencia que nos gobierna sin que nos demos cuenta.

Freud toma la voluntad ciega e irracional de Schopenhauer y la individualiza, la historiza, la convierte en algo que se construye a partir de nuestras experiencias particulares. Toma el materialismo positivista de su formación científica y lo hace estallar cuando descubre que el significado –algo inmaterial, algo que no se puede medir ni pesar— produce efectos concretos en el cuerpo y en la vida. Y en ese estallido, en esa tensión irresuelta entre ciencia e interpretación, entre lo material y lo psíquico, entre lo universal y lo singular, nace el psicoanálisis.

¿Es el psicoanálisis una ciencia formal? No. ¿Significa eso que es un fraude, que no produce conocimiento válido? Tampoco. Lo que Freud nos ofrece no son leyes universales como las de la física, sino herramientas para interpretar lo singular, lo irrepetible, lo que se resiste a ser cuantificado. Nos enseña a leer los síntomas, los sueños, los errores, como mensajes cifrados de algo que no puede decirse directamente. Y en una época donde todo parece reducible a datos, algoritmos y métricas, quizás necesitamos más que nunca recordar que hay dimensiones de la experiencia humana que se escapan a la medición.

Porque al final, lo que Freud hizo fue cambiar la pregunta fundamental. Descartes preguntaba "¿cómo sé que el mundo exterior es real?" Freud pregunta "¿cómo sé que yo soy real?" O mejor dicho: "¿quién es este 'yo' que dice 'yo'?" Y esa pregunta, esa sospecha radical sobre nosotros mismos, sigue resonando a casi un siglo de su partida. Cada vez que te preguntas por qué hiciste o dijiste algo que no querías hacer o decir, cada vez que sientes que algo en ti opera contra tu voluntad consciente, cada vez que un sueño te deja inquieto durante el día sin saber bien por qué, estás habitando el mundo que Freud abrió.

Pero esto es apenas el comienzo. Hasta ahora hemos visto la arquitectura básica del inconsciente: qué es, cómo funciona, cómo se manifiesta. Lo que viene ahora es más perturbador y más fascinante. Porque Freud no se queda en la teoría general; se mete directo en lo más incómodo: la sexualidad infantil, el deseo por los padres, la construcción de la identidad a través del conflicto y la renuncia. Y después de eso, expande su mirada hacia la sociedad misma y pregunta: si cada individuo es un campo de batalla entre deseos reprimidos y exigencias sociales, ¿qué es la civilización sino una neurosis colectiva?

Así que prepárense, porque lo que viene es denso, controversial y probablemente los va a hacer sentir incómodos en más de una ocasión. Pero también, si le damos una oportunidad honesta, puede cambiar la forma en que entienden su propia vida y el mundo que habitamos.

Bibliografía (Falta ordenar)

Schopenhauer, A. (2009). El Mundo como Voluntad y Representación. Trotta.

Kant, I. (2005). Crítica de la Razón Pura. Taurus.

Wittgenstein, L. (2009) Tractatus Logico-Philosophicus. Investigaciones Filosóficas sobre la Certeza. Gredos.

Aristóteles. (2024). Ética a Nicómaco. Gredos

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Freud, S. (1992). Tres ensayos de teoría sexual. En Obras completas. Sigmund Freud. (vol. 7, pp. 117–211). Amorrortu.

Freud, S. y Breuer, J. (1992). Estudios sobre la histeria (1893–1895). En Obras completas. Sigmund Freud. (vol. 2). Amorrortu.