Robespierre. Virtud y Terror

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Robespierre. Virtud y Terror

Slavoj Zizek es un filósofo esloveno contemporáneo que se enmarca dentro de la tradición filosófica continental, al igual que autores como Hegel, Husserl, Sartre y muchos, muchos otros wnes más. Ésta tradición es “opuesta” a la filosofía analítica de autores como Wittgenstein, Russel y Chomsky.

El pensamiento de Zizek es tan interesante cómo complejo porque combina la perspectiva psicoanalítica de Lacan, el idealismo alemán de Hegel y Kant, el materialismo histórico de Marx y el existencialismo de Kierkegaard para analizar la cultura de masas y los mecanismos de producción y reproducción de la ideología en la era posmoderna.

En cuanto al libro, Zizek recopila una gran cantidad de discursos de Maximilien Robespierre y los analiza buscando reivindicar su figura. Hay que entender que Robespierre es una figura bastante controvertida, incluso dentro de la izquierda política, por su extremismo. Pero, para Zizek, es precisamente este extremismo lo que hace especial a Robespierre y por esta razón es que escribe un libro entero tratando de redimir su figura.

El libro comienza con Zizek presentando una anécdota histórica chistosa, tampoco es que la wea sea ultra chistosa, es más divertida que chistosa. En 1953 al primer ministro chino Zhou Enlai, dentro del marco de negociaciones de paz que se estaba dando en Ginebra para el fin de la guerra de Corea, un periodista le pregunta ¿Qué opina de la revolución francesa? a lo que Enlai le responde “todavía es muy pronto para decir”.

La interpretación que se le dio en el momento a la respuesta de Enlai, y la que retoma Zizek en el libro, es que los chinos poseen infinita sabiduría y que su respuesta refleja esta visión y entendimiento de la Historia como un proceso de larga duración que tanto hace falta en occidente.

Pero, la verdad es que Enlai dice que es muy pronto para emitir un juicio sobre la revolución francesa porque pensó que el periodista se refería a las manifestaciones que estaban ocurriendo en Francia en esos momentos y no a la Revolución Francesa de finales del siglo XVIII.

Me pareció interesante presentar esta anécdota porque es divertida y porque refleja esta visión mística que tenemos de oriente –orientalismo se le llama–. Pero, de cualquier forma, si analizamos lo que dice Enlai desde la primera interpretación que surge, Zizek postula que “En cierto sentido tenía razón” (2019, p.1).

Aquí, lo que Zizek señala es que las consecuencias de la Revolución Francesa siguen desarrollándose; hay que pensar en la larga duración de la Historia (Braudel, 1958). A su vez, Zizek retoma una de las ideas centrales del historiador-filósofo Benedetto Croce (1942): la Historia es siempre contemporánea. Con esto en mente, Zizek postula que la Historia de la Revolución Francesa:

[Siempre] ha reflejado estrechamente los virajes de las luchas políticas. Los conservadores de todo tipo la rechazan absolutamente: desde el principio fue una catástrofe, producto del pensamiento ateo moderno, y debe interpretarse como un castigo de Dios a los caminos extraviados emprendidos por la humanidad, cuyas huellas deben por tanto borrarse tan completamente como sea posible. La actitud liberal típica es algo diferente: su fórmula es «1789 sin 1793». En resumen, lo que desearían los liberales sensibles es una revolución descafeinada, que huela lo menos posible a revolución. (p. 1)

En vista de esto, lo que Zizek propone es que la izquierda debe identificarse con la Revolución Francesa, abrazar el terror; por que “si se dice [que] A [significa]—igualdad, libertad, derechos humanos—, no se debe uno arredrar ante sus consecuencias y debe tener el valor de decir B, asumiendo el terror necesario para defender realmente y mantener A” (p. 2).

El terror no es un principio opuesto a la democracia, sino su expresión en tiempos de emergencia. Robespierre decía: “La virtud sin terror es impotente y el terror sin virtud es destructivo” La política de Robespierre, inspirada en la Voluntad General de Rousseau, busca “devolver el destino de la libertad a manos de la Verdad” (p. 2).

La revolución tiene consecuencias, por tanto, ser revolucionario significa aceptarlas. En el estudio de la Revolución Francesa y la figura de Robespierre se pone en juego no solo nuestra interpretación del pasado, sino que también nuestra postura frente al futuro ¿Cuánto estamos dispuestos a arriesgar para que la libertad y la igualdad no sean solamente palabras vacías?

Robespierre decía: “Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia; perdonarlos es barbarie”. Zizek, en vista de esto, postula que lo que hace Robespierre y la revolución es dar vuelta a la moral liberal clásica, Robespierre con esta aseveración justifica el terror desde la lógica revolucionaria y no desde la lógica liberal. El terror jacobino no es un mal necesario, una injusticia necesaria, sino el acto más legítimo de la revolución, la justicia en su forma más pura. Castigar a los enemigos del pueblo, de la Verdad, de la Voluntad General, es la forma de encarnar a la clemencia y el propósito de la Revolución

Sin embargo, aquí Zizek señala que la justicia revolucionaria es paradójica porqué, como mencione antes, ésta se justifica desde sí misma. La justicia revolucionaria, el terror, es la materialización de los principios revolucionarios; es una fidelidad absoluta y sin concesiones a la Revolución. Esto es importante, indica Zizek, porque la violencia de la Revolución Francesa no es una anomalía histórica como piensan los amarillos o una traición a la causa como dirían Feher o Arendt, sino la expresión más pura y necesaria de la causa revolucionaria.

Sant-Just decía: ¿Qué desean los que no quieren ni la Virtud ni el Terror?... corrupción”. Lo que Zizek propone es resignificar la Revolución Francesa y la figura de Robespierre, pensar esta experiencia dentro de nuestro propios horizontes de expectativas; uno que no renuncie a la posibilidad de una Verdad política por miedo al juicio moral. No se si hace falta recordar, pero, como decía Portavoz “la ley es la moral de los que gobiernan y como ya saben nadie nos invitó a construir las reglas”.

Esto es lo mismo que Nietzsche postula en su libro La genealogía de la moral. Básicamente, la moral es una construcción social –lo que no significa que no tenga valor, solo que es importante pensar en estas cosas como artificios y no verdades absolutas sobre la naturaleza humana–, por tanto, la moral sostiene un orden de las cosas que beneficia a algunos y perjudica a otros. Las ideas de Nietzsche son inmensamente más complejas que lo que acabo de decir, pero sirve para tenerlo en mente.

Desde esta perspectiva, Zizek sugiere que el rechazo categórico hacia el terror indica una clara subordinación ante el statu quo. Robespierre reconoce ésto y por eso abraza la revolución y sus consecuencias: el terror y su muerte.

A su vez, Zizek señala que la corrupción en este contexto y durante este periodo es entendida como la renuncia colectiva a los ideales revolucionarios.

(por continuar)